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Qué poco duran nuestras despedidas,
y no es tu foto en internet,
son tus fantas en los años,
como añosas sonrisas.
No hay soledad.
Sí, inmensidad.
Los cocheros del viento
se suicidan de alegría
de sólo saber que leerás esta poesía,
y soy un niño feo, como un mono,
que vos abrazás,
entre la tiniebla de los años,
la guerra y los versos de amor,
besos extraterrestres que nos damos
a nuestra manera,
mar mediante,
como llora el trigo durante la trilla,
como ama el alma durante el jardín.
Soy un hombre de barrio
y en esta casa de Cordón Sur
me regocijo en tu amor
lácteo, lacrimógeno,
errante y sedentario,
mujer santanderina,
si de morir por ti
estoy cada vez más vivo.
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El mar desfondándose,
nuestro matrimonio amenazado
por ninfas eléctricas,
Concha, amor, amiga,
crece la semilla
de la poesía
en tus ojos,
como semen, espermatozoide
en un óvulo de María,
la madre de Supermán.
Tengo rabia y alegría,
flores atascadas,
te juré en un gato y una biblia,
hace más de veinte años
que te iba a amar
sin curas de por medio,
solos,
vivos y muertos y solos,
y dicen piedras más antiguas que Hermes,
más nuevas que el presente,
de la sinceridad de mi amor,
de la sinceridad de mi dolor,
de la sinceridad 
de mi alegría.
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Antes del comienzo del Caos,
hace trillones de eones,
estábamos, leoncita,
yo en brazos de una prostituta,
tú siempre coqueteando,
pero nos amábamos, mi amor,
como ahora, como siempre.
Yo perseguía a Poiesis,
tú a tu paloma,
y el tiempo se encargó del resto,
tu tiempo en mí marcado a fuego,
como una luna degollándome,
y entre todas las musas,
vuelvo a elegirte,
con la misma ingenuidad de siempre,
ésa que no te deja escapar.
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